De la gordura y otros demonios


Soy feliz en mi cuerpo

Creo que no puedo contar las veces que me dije a mi misma: “todo fuera mejor si estuviera mas delgada” esa frase en cualquiera de sus variantes. Pudo pasar cualquier situación feliz eSi¡oyn mi vida y se nublaba por pensar en mi cuerpo y cuanto lo odiaba.

Con el paso de los años he evitado fiestas, encontrarme con viejos amigos, evitar mostrarme de alguna manera posible. He evitado tomarme fotos porque no quiero “evidencia fotográfica de mi existencia” literalmente, lo decía así.

Quedé embarazada de una beb`é hermosa que creí que no iba a poder tener, al nacer tuve depresión post parto. Cuando me miraba en el espejo solo podía pensar que lo peor que le podía pasar a ese ángel era tenerme como mamá. No solo veía una masa deforme en el espejo, si no que me sentía incapaz de creer que iba a ser feliz conmigo.

¿Qué tan estúpido es eso? Muy estúpido pensaras, pero pasa más de lo que puedes imaginar.   No quiero ni calcular el numero de horas que he perdido obsesionada con mi cuerpo y con todo lo que pensé que estaba mal.

Hace un tiempo dije ya no más. Quise acabar con esa obsesión constante sobre mi cuerpo, porque a pesar de que no tengo ningún problema de salud relacionado con el sobrepeso, conscientemente decidía castigarlo con dietas extremas, ejercicios fuertes, pastillas y lo que fuera posible para adelgazar.

La vida es demasiado corta para odiarte y odiar tu cuerpo.

Diariamente muere gente por enfermedades graves y crueles. Lo cual resulta muy loco pensar en odiar mi cuerpo cuando precisamente es el que me mantiene viva.

Viviendo en una cultura que le hace oda a la delgadez y que la grasa se sataniza, cometí el error de pensar que se puede curar el odio corporal cambiando el cuerpo.  Y creí que lo único que se interponía entre la felicidad y yo eran unos kilos de más.

Mi cuerpo no necesitaba cambiar, necesitaba cambiar mis pensamientos. Examinar cada idea, cada creencia que había absorbido desde que era niña.

Cada vez que me dijeron lo delgada que me veía como si eso fuera un logro importante.
Cada vez que alguien me veía y me decía “deberías bajar de peso para que te veas mejor”
Cada publicidad que nos digan que debemos ser bellas para ser dignas
Cada vez que te dicen que tienes que rebajar “por salud”
O cada vez que le dicen a mi hija que es afortunada porque es delgada

Es más, por esos mensajes de amor propio que celebran la diversidad corporal, que, aunque entiendo su mensaje, reduce el valor de una persona por su físico como si eso fuera lo único que importara.

Para lograr cambiar mi situación, conscientemente trato de no juzgar a las personas, de no hacer ningún comentario acerca del peso o la apariencia de alguien y cuando me doy cuenta que lo estoy haciendo, me corrijo y lo evito.

Cuando paré de criticar a los demás poco a poco dejé de criticarme a mí y comencé a ver mi cuerpo de una manera más positiva.

Lo maravilloso que fue mi cuerpo que me dejó tener a mi hija contra todo pronóstico, poder jugar y correr con ella, abrazar a mi esposo, entre millones de cosas que mi cuerpo hace por mí.

Esto no significa no cuidarme, al contrario, mi motivación aumentó, solo que tiene otro enfoque.  Me impulsó a querer comer mejor y disfrutar la comida. Hago ejercicio porque amo mi cuerpo, lo respeto y no por que lo odio y tengo que transformarlo.

Todavía hay días en los que no estoy completamente cómoda, pero es normal, siempre hay cambios que no se pueden negar y solo se puede aceptar de una manera consciente.

Tomé el amor propio como una estrategia de gestión. Todos los días tomo la decisión de quererme. Ya soy feliz en mi cuerpo, me gusta como se ve, me gusta lo que hace y en vez de perder el tiempo odiándolo, estoy agradecida con él y por darme la oportunidad de vivirlo.

Un comentario sobre «De la gordura y otros demonios»

  1. Excelente aptitud y buena redacción.

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